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LA TRAGEDIA DEL HOMO SAPIENS

Publicado: 2021-10-31

Ninguna obra cinematográfica o distopía literaria acertó en su visión del futuro de la humanidad a mediano plazo. Desde los años veinte y cuarenta, y sobre todo desde la llegada del hombre a la Luna a finales de los sesenta, la ciencia ficción apostaba a que a inicios del nuevo milenio ya habitaríamos Marte y viviríamos doscientos años como mínimo. El entusiasmo de las revoluciones industriales y los traumas de las guerras mundiales nos pintaron dos alternativas: o un mundo regido por las leyes del amor y el orden, o un humeante y reseco escenario postapocalíptico. Ni Aldous Huxley con “Un mundo feliz” ni George Orwell con “1984” intuyeron hacia dónde se dirigirían todos los esfuerzos del Homo sapiens por contener la inminente decadencia de la especie. El futuro, o sea este presente de redes sociales y reguetón, es el aburrimiento infinito de la inteligencia y la autohipnosis dirigida al consumo permanente.

Se suponía que, a estas alturas, los nietos de Lucy (la australopithecus más famosa) ya estaríamos en un grado apenas por debajo de la divinidad artificial. Los hombres seríamos casi dioses como resultado natural de la evolución o de un diseño inteligente invisible. Pero no somos dioses, aunque nuestras culturas aún compartan mitos y tengamos la capacidad de destruirnos en una orgía nuclear.

Con la sarcástica interrogante “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?” culmina el extenso ensayo-bestseller “Sapiens, de animales a dioses: Una breve historia de la humanidad” del historiador israelí Yuval Noah Harari. En su libro, Harari identifica cuatro momentos de la evolución humana: la revolución cognitiva, la revolución agrícola, la unificación de la humanidad, y la revolución científica. Momentos que van desde hace 70 mil años, cuando los sapiens empezamos a esbozar los primeros rasgos de cultura, hasta la actualidad, cuando la genética y la tecnología cíborg buscan romper las limitaciones biológicas para lograr la inmortalidad.

Otros autores han considerado excesiva y metafísica la idea de que nuestro objetivo final como especie sea alargar la vida u obtener superpoderes sobre la naturaleza. Quizá esta fue una visión común inspirada en los extraordinarios avances médicos de los últimos años; los que, sin embargo, son pasos aislados y de difícil aplicación a la gran mayoría. Cuando, a inicios de la década de los cincuenta, se realizaron los primeros trasplantes exitosos de órganos humanos, el periodismo especulaba que al final del siglo XX un anciano podría cambiar cualquier órgano defectuoso en un fin de semana, y regresar el lunes al trabajo como un joven activo y saludable.

Casi todas las proyecciones sobre el futuro se hicieron desde el entusiasmo capitalista y en base a los avances tecnológicos y médicos de las grandes potencias, considerando que las empresas pondrían estos logros al alcance del bien común, como si del milagro de los panes y los peces se tratase. Pero poco de ello ha ocurrido. Ni tenemos carros voladores en nuestras avenidas, ni la inteligencia artificial nos alcanza un vaso de agua a medianoche, ni podemos (aún) hacer un pedido de un corazón y un riñón nuevos para el fin de semana porque tenemos un reencuentro deportivo con los amigos del barrio.

La tecnología avanza a grandes pasos, pero no en busca de la inmortalidad, mucho menos de la divinidad; avanza para satisfacer nuestras necesidades inmediatas de comodidad. Los mayores logros se han dado para fortalecer la comunicación y para divertirnos en esos momentos en los que el silencio es tan incómodo como nuestras expectativas de empatizar con los demás: sí, hablamos de internet. Internet, con sus videos sobre gatitos graciosos o de policías asfixiando a manifestantes sometidos, es el epítome del entretenimiento, la indignación y la “acción a distancia” humanos. Todo lo que necesitamos está allí, en un teléfono celular que cabe en nuestro bolsillo. Pero seamos francos sobre las prioridades. Si Internet no pudiese entretenernos difícilmente habría crecido de la manera viral como lo ha hecho en los últimos años. ¿Es esa su función principal? No. Pero sin ella, la información y la comunicación podrían regresar a sus estatus previos de noticieros nocturnos y teléfonos fijos.

La ciencia -con mejor prestigio- nos ha dado nuevas esperanzas con su utilidad, para combatir, por ejemplo, una amenaza mundial como la pandemia producida por el coronavirus. En tiempo récord, los científicos desarrollaron vacunas basadas en el ARN-mensajero de las proteínas del virus para enfrentarlo de manera más eficaz. Una verdadera proeza por donde se le mire, tomando en cuenta el tiempo que llevaba producir y probar una vacuna tradicional.

Sin embargo, y aunque suene a reclamo hippie, la ciencia no ha logrado hacernos más felices. La ciencia ha desarrollado un arsenal de sedantes y antidepresivos para que el hombre no sucumba a la ansiedad del mundo moderno. La ciencia ha llegado más lejos que nunca para entender nuestro origen secuenciando el genoma humano con lo que se podrían prevenir a futuro toda clase de enfermedades y desórdenes genéticos. Pero, ¿por qué muchos no se sienten parte de la fiesta?

La genética nos ayudó a determinar que los sapiens no exterminamos del todo a nuestros primos neandertales en el primer genocidio conocido, al menos no antes de reproducirnos con cierta parte de su población. Pero la ciencia también tiene otras tareas como producir maíz transgénico, elaborar conservantes de alimentos potencialmente cancerígenos, probar cosméticos en indefensos conejos, desarrollar armas más poderosas y, a través del neuromarketing, descubrir qué actitudes nos pueden enganchar con más éxito al consumismo. En suma, la ciencia es una herramienta al servicio del mejor postor. Y las industrias del entretenimiento, farmacéutica y militar invierten millones en investigaciones para determinar cómo podemos ser más dependientes de sus productos.

En ese aspecto, el capitalismo comprendió mejor el devenir del Homo sapiens en las puertas del horno del Calentamiento global: monos aburridos buscando nuevas formas de entretenerse, informarse y ocultar su ansiedad consumiendo ansiolíticos, series de Netflix y pidiendo comida por delivery. Nunca fuimos más libre de elegir nuestra propia y rentable decadencia.

El Homo sapiens triunfó sobre las otras especies humanas bípedas de las que solo quedan restos fósiles. Pero vale preguntarnos si hace 70 mil años ya era consciente de esa ecuación que lo esperaba irremediablemente en el futuro: a más inteligencia más depresión.


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