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Las últimas horas de Poe

Por Ybrahim Luna

Publicado: 2018-02-11

El destacado novelista y biógrafo inglés Peter Ackroyd estudió una veintena de publicaciones sobre la vida y obra del emblemático escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809 – 1849) para armar la que parece la versión definitiva sobre los últimos días y horas del atormentado autor de “El Cuervo”, en el libro “POE, una vida truncada” (“Poe, A life Cut Short”, 2008).  

Peter Ackroyd (1949), también documentalista y hombre de TV, es un excelente sabueso para las biografías. Entre sus más celebradas están las dedicadas a Tomás Moro, William Blake, Charles Dickens, William Shakespeare, o a su ciudad natal: “Londres, una biografía”.

El minucioso trabajo de Ackroyd, alejado de los clichés y abundante en datos y fechas, muestra a un Poe humano y desdichado, y no por ello menos maldito e iluminado para la platea.

Es febrero de 1849, y Poe revive, una vez más, de las cenizas de su infierno personal como un cuervo Fenix, luego de muchos “altibajos” –por decir lo menos- en su vida amorosa y artística, luego de sus problemas con el alcohol y sus fracasos económicos. Es optimista sobre su futuro inmediato y se lo hace saber a sus amigos a través de cartas donde les comunica que no puede dejar de escribir a diario, que ha dejado la bebida y goza de una salud excepcional. Por entonces da los toques finales a poemas que trascenderán en la literatura clásica como “Las campanas” y “Annabel Lee”, y trabaja en otros cuentos de temática grotesca como “Hop-Frog”.

Los entusiasmos casi infantiles de Poe tienen una razón. De manera inesperada ha aparecido un financista para uno de sus proyectos editoriales, una revista que se llamaría Stylus. Se trataba de Edward Patterson de Illinois, un admirador. Todo parecía encaminarse. Esta vez habría estabilidad económica y los críticos aprenderían cómo se dirigen las empresas de crítica y creación literaria. Pero esto, como casi todo en la vida de Poe, fracasó. No funcionó. No se lograron los fondos necesarios. En abril, Poe entró nuevamente en depresión, con el estilo melodramático que solo él podía personificar.

Como último intento de lograr estabilidad económica, Poe viaja a Richmond para dar conferencias y buscar auspiciadores. En junio parte en un barco a vapor hacia Filadelfia. Su tía y suegra, Maria Clemm, va a despedirlo. Según lo que ella recuerda las palabras de despedida de su querido ahijado fueron: “Que Dios bendiga a mi querida Muddy, no temas por tu Eddy, verás qué bien estaré mientras permanezca lejos de ti, y después volveré para amarte y consolarte”. Fue la última vez que se vieron en vida.

En Filadelfia, Poe recae en la bebida, pierde incluso el material que había recabado para las conferencias, y vagabundea sin paradero fijo. Le comunica a su tía que ha estado en la cárcel por haberse embriagado en la vía pública, aunque ese dato no parece muy sólido. La cosa se puso peor. Empezaban -o regresaban- las alucinaciones. Poe visita a un viejo amigo editor, John Sartain, quien lo describió como un fantasma con una miserable expresión humana. Poe le aseguró que había gente que lo perseguía. Se sabe que le pidió una cuchilla de afeitar, para –según el escritor- quitarse el bigote y no ser reconocido por sus cazadores. Aunque muchos creen que pudo ser una tentativa de suicido en su “locura alcohólica”. El escritor le confiesa a su amigo que tuvo alucinaciones mientras estuvo en la cárcel, viendo a sus seres queridos muertos y mutilados. El solo recuerdo lo hace convulsionar.

Poe visita al periodista George Lippar. Lleva un solo zapato, está hambriento y le solicita un préstamo para completar el pasaje de regreso a Richmond. Ya en Richmond le escribe a Maria Clemm contándole sobre su desdicha e intensa angustia. Días después le vuelve a escribir, pero ahora para decirle que sorprendentemente todo parece mejorar. Una constante melodramática, casi tragicómica, en la vida del escritor.

Luego de unos días visita a amigos y familiares y retoma las conferencias por las que es bien remunerado. Los diarios lo vuelven a reconocer: “Reaparece entre sus conciudadanos con acrecentada reputación, y una gran expectativa por parte del público”. Es agosto, y Poe es un ídolo.

De vez en cuando, sobre todo por la agitada vida social de un intelectual de la época, Poe vuelve a beber, aunque esta vez parece controlar “su enfermedad”. Incluso se da tiempo para cortejar a una viuda bella y adinerada, Elmira Shelton. Algo que no prosperó por la oposición de los hijos de ella. Sin embargo, el 22 de septiembre, ambos formalizaron algo parecido a un compromiso, con muchos reparos y cautela, por supuesto. No hubo matrimonio, solo “un entendimiento parcial”, aseguró luego Elmira.

Poe se propuso llegar a New York para preparar una nueva revista literaria, otra más. Antes de partir a Baltimore, el 26 de septiembre, visita al Dr. John Carter, quien le diagnostica y receta algo para la fiebre. Poe toma un barco a vapor en la madrugada en un viaje que durará más de un día. Llega a Baltimore el 28 de septiembre, un viernes. Quizá para combatir la fiebre que no cede, Poe retoma la bebida como anestesia. Quiso viajar a Filadelfia, pero todo indica que lo devolvieron inconsciente en el mismo tren que intentó tomar.

Un dato concreto, un editor de periódicos envió a un ex editor de Poe, Josep Evans Snodgrass, un mensaje el 3 de octubre: “Hay un caballero con aspecto bastante deprimente en la 4ª sede electoral de Ryan, que responde al nombre de Edgar Allan Poe […] Le puedo asegurar que necesita asistencia urgentemente”.

“La 4ª sede electoral de Ryan” era una taberna, cuyo local era utilizado para las elecciones al Congreso por esos días. Snodgrass visitó el bar y encontró a Poe fuera de sí, rodeado de ebrios y vestido de una manera extravagante: con un sombrero de paja raído, unos pantalones que no eran de su talla y un abrigo usado. La teoría más sólida hasta la actualidad es que Poe fue utilizado como “lacayo”: un hombre vestido de manera distinta para poder votar varias veces por el mismo candidato a cambio de comida y, por supuesto, alcohol.

Snodgrass se encontró con el primo de Poe, Henry Herring, quien había ido al bar a apoyar a un candidato local. Henry rehusó cuidar de Poe, pero ayudó a introducirlo en un coche, en condición delicada, hacia el Hospital Universitario de Washington. Allí fue atendido por el médico residente John Moran, que lo encontró con temblores musculares y con un delirio creciente de ver y conversar con objetos y personajes inexistentes. Así estuvo hasta el viernes 5 de octubre. Semiinconsciente empezó a divagar sobre su desdicha y emitió datos incongruentes sobre su pasado.

El sábado por la noche entró nuevamente en delirios y a gritar hasta las 3 a.m. del domingo. Durante una breve tregua de sus delirios, según el testimonio del Dr. Moran, exclamó: “Que el Señor se apiade de mi pobre alma”, y murió.

El lunes 8 de octubre de 1849 fue el funeral de una de las mentes más brillantes de la literatura universal. Asistieron unas cuatro personas y fue muy breve. Edgar Allan Poe había muerto, pero el mundo que apostaba por la industrialización, y que aceitaba los engranajes del futuro, no se percató de ello.


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