Despertó enrojecido el reflector y la espuma de la leche
y las uñas desgastadas los pies a medio pintar.
Y ya se había caído la bodega de la esquina
en un urna peruana, muy profunda.
Vengan niños a ver la muerte si desean
que no todos los días tienen la oportunidad
de quedarse ciegos de emoción.
Sola se hundió la bodega…
y aún así sigue siendo muerte y no le crean a los medios:
si te mueres en un bosque como una rama negra
y húmeda y nadie te escucha,
igual te mueres. Pero si a nadie le interesa tu muerte y
nadie te oye es probable que no hayas muerto.
Unas sogas enormes y entripadas hicieron de grúa
pero la bodega había caído al mismo centro de la tierra
No te preocupes, los despachos informarán.
Vaya a casa y espere su pensión.
Rásquese el sobaco y apueste uno de sus ojos
a que habrá un país de verdad al amanecer.
Vaya nomás, hermano, que el Señor lo ha perdonado.
Usted ha visto la luz en un encefalograma.
Y nosotros, mirando toda “la caída”
desde una altura considerable,
desde una silla en la azotea con los abuelos disecados.
Y bellamente cubiertos de azul leíamos todo hoja por hoja
mientras el ángel golpeaba su celda con una taza
y se paseaba de un lado a otro a una velocidad increíble.
El ángel hablaba en arameo y no teníamos traductor.
El viento silbaba cuando traspasaba sus huesos huecos y
hacía música pentafónica al azar.
Los otros ángeles, los querubines,
evolucionaron en gallinazos que ahora circundan el hoyo,
esa promesa oscura y fresca de productos de primera necesidad:
pan, leche, azúcar, huevos, conservas.
Solo cuervos, solo buitres,
solo gallinazos evolucionando del pico de las armas.
Yo te pregunté por nuestros trajes que eran enormes,
tan largos que topaban nuestros metatarsos
tres o cuatro veces en ida y vuelta.
Te pregunté si era la hora de hacer una República y
dijiste que bastaba con la Hacienda
por otros quinientos años.
Yo no te podía contradecir, jamás,
es que la Salvación nos medicó. Bendita.
Hablamos del mundo
y tú habías creado un personaje
para fertilizar las raíces secas de las máquinas,
un espantapájaros hermoso y enorme que alejase
a ángeles y demonios de las hectáreas humanas,
de la sierra, la costa y la selva sin subsidios.
Pero fundaste un mundo de espantapájaros sin quererlo.
Pero ellos no pudieron fecundar entre sí
y recurrieron a la creación de héroes de fuego
y se incendiaron completos.
Respondiste desde tu inmenso y hermoso traje
-mientras probabas frutas-
que la mosca es la madre del gusano conquistador
y la única ave del paraíso. La mosca.
Levantaste tu puño para pedir perdón
pero con los nudillos sangrantes para la verificación.
No te perdonaron más.
La capital tiene sus corderos que no son para nuestro pasto
y sus funcionarios en condición de anfibios asexuados.
Si los envían aquí esto se pondrá divertido.
El ángel francotirador era un soldado de Dios
que gatillaba
cada vez que olía la sospecha de las probetas.
¿Te parece si sobrevolamos el desierto de papas
y caña de azúcar que es nuestro país?
Está bien, pero no olvides que la crisis hace al hombre
ingeniársela para derribarnos con cualquier arma.
Recuerda que su dolor es una experiencia
que nos sobrepasa
en cualquier idioma, en cualquier aldea subterránea.
Esto no es orquesta ni nada que suene mal.
Esta es la mosca de los últimos días que frota sus ojos
sobre una luz de neón chisporroteante
en la pensión donde unos policías planean un asalto
y una sotana de empresario se limpia la sangre.
Una gran cantidad de seres de luz se esconden tras el sol,
y cuando llega la noche se congelan y caen a la Tierra
y se incendian como estrellas fugaces
que la familia damnificada mira desentendida
desde una carpa municipal llena de donativos.
Pero siguieron buscando la bodega en ese hoyo.
Vengan, damas y caballeros, yeguas y caballos, a ver el
hoyo de la dignidad.
Vengan a ver a la bodega del bodeguero
que fue saqueada por la turba hambrienta, el otro día.
© Ybrahim Luna

